Meatpacking District es un lugar curioso. Pareciera estar lleno de actividad pero en realidad no pasa mucho. Pareciera ser el epicentro de la vanguardia y la transgresión pero en el fondo no es más que un inofensivo enclave bastante mas snob que sofisticado y que cierra sus puertas incluso más temprano que la farmacia que está en la esquina de mi casa. Más allá de la idea de “District” que sugiere en su nombre, el lugar no es mucho más que un par de manzanas que hacen de transición entre el siempre encantador West Village y Chelsea. Pues bien: justo en medio de este lugar, en donde las apariencias y lo superficial parecieran ser el código imperante, se yergue lo que a juicio de este humilde cronista es la pieza de arquitectura más rotunda y contundente que haya aparecido en esta ciudad en un buen tiempo: The Standard Hotel. A continuación revisamos el Dream Hotel, James Hotel y The Standard Hotel.
Por Matías López, Arquitecto – desde Nueva York.
DREAM HOTEL
En medio de Chelsea y apelando a una lógica más bien basada en el efecto y un trabajo fundamentalmente epidérmico, se encuentra el recientemente inaugurado Dream Hotel. El proyecto corresponde básicamente a la remodelación de uno de tres pesados edificios diseñados a mediados de los anos 60 por el arquitecto Albert Lerner con el fin de albergar en ellos las oficinas del sindicato de trabajadores navieros. Claramente producto de este vinculo, los tres edificios recurrieron a la cita al mundo naviero y su estética, mediante el empleo de ventanas circulares u “ojos de buey”, extensas superficies blancas, barandas con esquinas curvadas, etc., recursos por lo demás bastante utilizados en aquellos años por la sensibilidad moderna y que arrojaron una serie de ejemplos por cierto más destacables, como el Club de Yates de San Sebastián, en España, el Maritime Building de San Francisco, o incluso nuestro querido y boicoteado Cap Ducal. Producto de la reducción de la actividad naviera ocurrida hacia fines de los 70, los tres edificios fueron vendidos y destinados a una serie de usos distintos en los años por venir. Uno de ellos, ubicado exactamente al lado del Dream Hotel y cuya fachada enfrenta la Novena Avenida, fue transformado el año 2001 en el Maritime Hotel, que explota sin pudor alguno el recurso de la metáfora naviera y la nostalgia retro, muy especialmente a través de una terraza donde el elenco de Mad Men en pleno podría estar tomando Martinis. En el caso del Dream Hotel, el edificio fue utilizado primero como albergue para jóvenes drogadictos en riesgo social y luego por el gobierno Chino. En el año 2006, fue adquirido por el empresario Vikram Chatwal, quien encargo la remodelación y el diseño del nuevo hotel a Frank Fusaro y Handel Architects (Oficina responsable del diseño del hotel W y de un par de otros edificios que se encuentran en este momento en construcción en el intervenido barrio El Golf en Santiago).
Siendo justos con el proyecto y al ser este la remodelación de un edificio existente, no es extraño que gran parte de la operación de diseño se haya concentrado en el tratamiento de sus fachadas. El edificio atraviesa transversalmente la manzana ubicada entre las calles 16 y 17, presentando dos fachadas distintas. La principal mira hacia la calle 17 y se podría considerar la más interesante del proyecto desde el punto de vista de la renovación: Una doble piel de acero con perforaciones circulares de distintos tamaños y una trama de ventanas también circulares, reviste lo que originalmente era la espalda del edificio, un murallón pesado, mudo y hermético. Junto con revestir y abrir este frente hacia la calle generando una nueva cara para el edificio, se invirtió el orden de uso de este, instalándose el acceso principal del hotel en este nuevo lado. Para definir este acceso y lograr transparencia y conexión entre el interior y el exterior a nivel de la vereda, la fachada metálica se pliega antes de llegar al primer piso transformándose en una afectada marquesina que entra a engrosar la lista de marquesinas sobredisenadas que han proliferado en los últimos anos en la ciudad (Cooper Union, Parsons School of design, BAM, etc.).
La fachada del lado norte, que mira hacia la calle 16 y que se caracteriza por una suerte de talud o plano inclinado, fue revestida en planchas de acero inoxidable y la pesada trama de ventanas circulares que apoyaban la metáfora naval fue disimulada tras una nueva trama aleatoria con nuevas aperturas circulares de distintos tamaños. Producto del aspecto piramidal, metálico y perforado que posee ahora el volumen, el público, siempre con aquella idea de que los edificios se parecen a las cosas, ya lo ha bautizado con el creativo nombre de “Rayador de queso”.
JAMES HOTEL
Otro edificio que se ha sumado recientemente al repertorio de edificios desarrollados post crisis sub prime es el James Hotel, que abrió sus puertas en el 2011. El proyecto, diseñado en conjunto por ODA Architecture y Perkins Eastman Architects, se ubica en la esquina de Grand Street y la Sexta Avenida y se resuelve en una torre sobria aunque algo tímida de 18 pisos que contiene las habitaciones, un par de restaurantes, varios bares y una piscina con vista panorámica en el último piso.
Tal vez el gesto más interesante que el edificio realiza dice relación con la manera en que este llega al suelo y se vincula con la vereda y el estrato publico de la ciudad: a diferencia de lo que ocurre con el celebrado Standard Hotel, no todos los edificios tienen la suerte de instalarse encima del espacio público más cotizado del momento. Y hay que decirlo, el James la tiene difícil considerando la anodina esquina en la que se encuentra. Así, el edificio de alguna manera ha debido proporcionarse su propio Highline, un espacio de carácter colectivo que medie entre la vereda y la torre, en este caso una suerte de plataforma o zócalo abierto y en diferentes niveles ubicado un piso por encima de la vereda en donde se concentra parte del programa publico del edificio, terrazas, jardines, un restaurant y un bar. El espacio termina siendo una agradable sorpresa que supera por lejos las expectativas que genera el pesado y confuso terraplén con el que el edificio enfrenta la calle y que no hace sino entorpecer las relaciones con ella. Una vez arriba sin embargo, el espacio generado resulta ser bastante atractivo y estimulante, lo que se debe en gran medida a los múltiples desniveles y el dinamismo de los recorridos y perspectivas que se generan. Desde aquí, se puede apreciar un paisaje urbano de contrastes, que muestra al desabrido Tribecca hacia un lado y la escala más domestica y entrañable del SOHO hacia el otro. El zócalo se encuentra enmarcado por una esbelta estructura de hormigón a la vista que sostiene al edificio.
La presencia del hormigón a la vista ennoblece al edificio y lo aleja de lo pasajero. Sin embargo, las bandas horizontales de hormigón ranurado que completan la fachada de la torre debilitan esta impresión, dando la impresión de haber sido realizadas usando algún tipo de siding o material de revestimiento que no logra cohesionarse del todo con el resto de la estructura.
Suspendido sobre la terraza y activando las tensiones espaciales y visuales, se encuentra un volumen curvilíneo que recuerda en algo las formas orgánicas utilizadas por los arquitectos del movimiento moderno como contrapunto a la ortogonalidad. En este volumen, localizado en el tercer nivel del edificio, se ubica el lobby del hotel y si bien su presencia resulta atractiva como elemento dinamizador de la forma total de la torre, uno hubiese esperado una mayor coherencia material y constructiva con lo que lo rodea: los cantos de las losas revestidos en Alucobond y el cielo modular de palmetas blancas que rodea al volumen no se ven del todo elegantes ni consistentes al lado de la ya mencionada estructura de hormigón sobre la que se posa el edificio.
Aun así y mas allá de los eventuales defectos y de carecer de cierta radicalidad, se trata de un edificio valioso, especialmente por la vocación no ornamental que muestra y la opción tomada de enfatizar las condiciones constructivas antes que sucumbir a la tentación del manierismo anecdótico que parece seducir a tantos por acá. En todo caso, nada tan grave que un trago en la terraza del James no pueda ayudar a pasar. El aplastante verano newyorkino esta a la vuelta de la esquina y espero toparme con más lugares como éste antes de que llegue.
STANDARD HOTEL
El edificio, proyectado por Todd Schliemann y Polshek Partnership y completado el año 2009, es un potente golpe de arquitectura profunda y dura, un sólido volumen plegado de 19 pisos que se posa por sobre el Highline Park, desarrollando ambos una de las simbiosis urbanas más interesantes vistas últimamente. Juntos, parque y edificio han sido responsables de la valoración y renacer de un barrio que solo 15 anos atrás era territorio prohibido. Con su robustez e inserción dramática, el proyecto retoma en clave contemporánea varias de las ideas desarrolladas hace 50 anos por el neobrutalismo, relacionadas con el desarrollo de una estética honesta derivada de la expresión genuina de los hechos constructivos y de la verdad técnica y plástica de la construcción y los materiales. En este caso, el Standard Hotel es un intenso homenaje al hormigón y al vidrio, apoderándose de ellos con tal propiedad que pareciera por momentos como si se tratara del primer edificio construido con estos materiales en toda la ciudad. Claro, pronto uno recuerda el Lincoln Center o el edificio de las Naciones Unidas y comprende que el edificio no hace sino continuar aquella tradición de la mas contundente arquitectura moderna norteamericana de mediados del siglo 20, esa misma que pareció quedar pulverizada a comienzos de los 70’s con la aparición inmisericorde del postmoderna.
Contrariamente a lo que parece ser la lógica superficial imperante en el área y a la naturaleza ilusoria o artificial que yace en la esencia de su propio programa (un hotel), el Standard hotel es un golpe de realidad sin concesiones. En él se produce una extraña paradoja: El edificio es un libro que necesita ser juzgado por su cubierta. Su verdad, su esencia constructiva, su naturaleza tectónica y material, se encuentran expuestas. Su interior en cambio (Diseñado por Shaw Husman y Roman and Williams) se vuelve anecdótico y pasajero.
Este contraste entre la austeridad y rotundez del exterior y la exuberancia del interiorismo se hace especialmente patente cuando se visita el bar panorámico del último piso, una fantasía retro futurista sacada de los Supersónicos o del manual de Eero Saarinen en donde hasta ir al baño se vuelve una experiencia de alto impacto.
El Standard hotel es un edificio sin especulaciones que nos recuerda lo buena que es la arquitectura cuando es al mismo tiempo simple y compleja, racional y sensible. Un edifico pesado y liviano a la vez que desde su contundencia, genera una relación cuidadosa y única con la porción de ciudad que le ha tocado habitar. Un edificio que, a diferencia de lo que ocurre hoy en día en la mayoría de los casos, se ve mejor construido que en las imágenes digitales que lo promocionaron. Existen de todos modos algunos temas que pudieron haber sido resueltos en forma más consistente, oportunidades desaprovechadas relacionadas fundamentalmente con la potencial conexión entre el edificio y el Highline y la posibilidad de efectivamente desarrollar un sistema de conexiones y flujos más rico y complejo entre ambos proyectos. De todos modos, en medio de tantas apariencias, es reconfortante encontrarse con un edificio real y sin artificios que por cierto seguirá estando ahí cuando la fiesta en Meatpacking se haya terminado.
