Por Matías López / NYC
Hace un par de años atrás, en un estudio publicado por la Universidad de Harvard, el economista Michael Porter exponía cómo la ciudad de Nueva York se había transformado en el último tiempo, en un centro de especialización académica avanzada de excelencia para disciplinas muy específicas, constituyéndose esta área en uno de los pilares en los que se ha estructurado el reciente desarrollo económico de la ciudad en la Era Bloomberg.
Este hecho ha implicado por supuesto una correspondiente manifestación material o formal, a través de la aparición de un gran volumen de nuevos edificios académicos que se han ido insertando de a poco en diversos puntos del paisaje Neoyorkino. Casos como el Higgings Hall de Stephen Holl (edificio para la escuela de arquitectura de Pratt Institute, completado el 2005), el edificio de Cooper Union diseñado por Tom Mayne (terminado el 2009 y comentado en este mismo espacio tiempo atrás) o la remodelación y ampliación de la Juilliard School y el Alice Tully Hall, por Dillier, Scofidio y Renfro (2009), son claros ejemplos de cómo la infraestructura educacional pareciera ser uno de los programas fundamentales sobre los que se ha basado el desarrollo de gran parte de la arquitectura reciente en Nueva York.
De todos los casos existentes, hay tres que resultan particularmente interesantes de revisar, al existir implícitamente en ellos la problemática siempre compleja de la relación entre las instituciones y la comunidad.
Tal vez uno de los casos más importantes en relación al tema es el de la Universidad de Columbia y su plan de expansión a futuro con la construcción de su nuevo campus Manhattanville, ubicado al norte de Morningside heights (su campus actual) y que abarcará 7 hectáreas. En este lugar la universidad planea instalar su Escuela de Negocios, la Escuela de Artes y el Jerome L. Greene Center for Mind, Brain, and Behavior, donde se pretende desarrollar una serie de nuevas investigaciones sobre enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer y el Parkinson.
Es importante recordar que Columbia nunca ha tenido la más armónica de las relaciones con sus vecinos de Harlem, habiendo existido tensiones intermitentes durante muchos años entre la comunidad afroamericana y la institución.
Emblemático fue lo ocurrido a fines de los años 60, cuando la universidad barajó la posibilidad de instalar un nuevo gimnasio y centro deportivo sobre (si, sobre) parte de Morningside Park, tal vez uno de los espacios públicos más importantes, de mayor significancia social para la comunidad de Harlem. Tras protestas, manifestaciones y una gran polémica en sintonía con las tensiones raciales de la época, el proyecto se descartó, pero el antecedente quedó grabado para siempre y es recordado cada tanto, sobre todo cuando Columbia informa de sus nuevas intenciones a la comunidad.
Esta misma comunidad reaccionó con fuerza cuando en mayo de 2009 la universidad anunció la construcción de su nuevo Campus, aludiendo a problemáticas como la cada vez mayor segregación de la que han sido objeto los vecinos del sector producto de la renovación inmobiliaria y el famoso “gentrification” que no hace sino desplazar a los vecinos a zonas de cada vez menor valor y mas segregadas. Asimismo, han argumentado sobre lo poco justo que ha sido el criterio para tazar las propiedades adquiridas y sobre lo desmedido de la intervención en términos de escala, sobre el monopolio territorial que paulatinamente va desarrollando Columbia sobre el área y sobre como todas estas operaciones van mermando el tejido urbano, social y cultural de Harlem. Tras una serie de tensiones y de deliberaciones por parte de diferentes organismos municipales, el proyecto fue finalmente aprobado y Columbia ha iniciado ya la construcción de su flamante nuevo campus, el que debiera estar completado en su totalidad el año 2030.
Es en este contexto que aparece el recientemente inaugurado Edificio de Ciencias de la Universidad, diseñado por Rafael Moneo en su primera incursión en la gran manzana. El edificio se ubica en el extremo norte de la universidad y muestra su metálica cara principal a Broadway. Completado a mediados del 2011, es considerado como la primera pieza de la nueva expansión de la universidad y se ha destacado su rol clave como articulador y conector del antiguo y el nuevo campus.
El edificio, un paralelepípedo de 14 pisos de líneas neutras y frías busca seguir la sobriedad y elegancia que ha caracterizado el trabajo de Moneo. Sin embargo aquí, a diferencia de lo que ocurre por ejemplo con el Ayuntamiento de Murcia (2006) o el Kursaal (1999), la sobriedad formal y expresiva se transforma en insipidez y el aburrimiento absoluto. El recurso cuasi post moderno de representar mediante una piel compuesta por paneles de aluminio triangulados, los esfuerzos estructurales que realiza el edificio un poco más atrás, no logra consolidar una condición material realmente consistente y que logre apartarse de aquella insípida “estética de los recursos técnicos” que pareciera caracterizar a gran parte de la arquitectura que pone sus cimientos en suelo norteamericano.
Tema aparte es la llegada al suelo y la forma casi nula en que con un frontón de granito de casi tres metros el edificio se relaciona con su entorno más inmediato, la vereda de Broadway, como si de verdad estuviese simbolizando la indiferencia y poca empatía que ha caracterizado la relación entre Columbia y su entorno a través de los años.
Otro caso similar al de Columbia es el que acontece con NYU (New York University), institución que también ha debido enfrascarse en una serie de discusiones con la comunidad que la circunda, en este caso los vecinos del Greenwich Village.
Su ambicioso plan de expansión “NYU 2031″ (con cerca de 18.5 ha de superficie) acaba de ser mandado de vuelta al tablero de dibujo luego de haber sido revisado y evaluado por el Community Board Nº 2 de Manhattan. El proyecto se desarrolla en las dos supermanzanas que NYU posee al sur de Washington Square, posiblemente el espacio público más importante del sector. Es en estas mismas supermanzanas donde a comienzos de los años 60 la universidad desarrolló una operación inmobiliaria de proporciones considerables, implementando un proyecto disciplinadamente basado en los principios de la arquitectura y el urbanismo modernos (lo que los americanos bautizaron como “tower in the park”) y que dejó a la pasada una magistral escultura de Picasso en una de las zonas públicas y las Silver Towers de I.M. Pei.
La intervención actual considera el “refreshing” de los espacios públicos de sello moderno existentes a nivel de suelo, así como la construcción de una serie de nuevos edificios para la universidad, algunos de ellos de una arbitraria y cuestionable calidad formal.
¿Las razones para el rechazo del plan presentado?
Según el Board, el proyecto es considerado “desproporcionadamente grande y amenaza con destruir el carácter de barrio de un sector residencial y denso como el Greenwich Village”. Argumentan además que de ser construido, el proyecto traería profundas consecuencias para la zona a largo plazo, dañando severamente su carácter y patrimonio, incluyendo entre ellos la diversidad socioeconómica, su calidad de vida y su valor histórico. Tras el rechazo del Board, NYU insistirá ahora con su plan frente a la City Planning Commission y el City Council y según dicen los que saben, todo parece indicar que una vez más, se saldrá con la suya. A pocas cuadras de ahí, en plena esquina de la Quinta Avenida y la calle 14, una de las más importantes de la ciudad, otra institución académica busca dar un paso mas en la consolidación de su imagen pública y de la relación con el sector en donde se emplaza.
The New School, una de las instituciones educacionales más importantes y progresistas de Nueva York y que lucha día a día por hacerle entender al público que es una Universidad con todas las de la ley y no una suma de fragmentos (de los que la célebre Parsons School of Design sea posiblemente el mas conocido), presentó en sociedad hace algunos meses las imágenes definitivas de lo que será su nuevo Edificio Principal.
La propuesta original para el edificio, desarrollada por SOM (Skidmore, Owens and Merrill), debió ser revisada y modificada en profundidad luego de una serie de problemas presupuestarios y de que el anteproyecto fuera cuestionado por algunas organizaciones vecinales y en especial por el Greenwich Village Society for Historic Preservation, quien advirtiera que el edificio era demasiado alto y masivo para el carácter del lugar, presentando una imagen más cercana a la de una torre de oficinas y necesitando además solicitar un “variance” de la ordenanza con el fin de poder obtener la autorización para construir todos los metros cuadrados requeridos. El proyecto actual, que inició su construcción a comienzos del 2011 y que espera estar finalizado en septiembre del 2013, ya no requiere de ese “variance”, reduce su superficie y su altura en varios pisos y modifica además su aspecto exterior, reemplazando el cristal de las fachadas del proyecto original por un revestimiento que combina grandes paños de fenestraciones y un revestimiento de franjas horizontales de bronce envejecido.
El edificio, con una superficie de alrededor de 35.000 metros cuadrados en 16 pisos, incluye nuevas salas de clases, una biblioteca, salas de estudio, un nuevo auditorio para 800 personas y una serie de dormitorios para los estudiantes, ubicados en los 8 pisos superiores. Se consideró además la incorporación de un Performing Arts Center y de recintos deportivos, pero el presupuesto lo impidió.
El proyecto, era que no, contempla el empleo de una serie de estrategias como la habilitación de un “green roof” y la implementación de “daylight harvesting” para optimizar su performance energética y medioambiental y así hacerse merecedor de una prestigiosa condecoración LEED Gold, lo que ya se ha transformado en casi una muletilla odiosa en la arquitectura corporativa norteamericana más reciente, que pareciera ir reduciendo la riqueza del debate arquitectónico a esa única variable.
Sobre el edificio, salvo algunas imágenes virtuales del exterior y del hall y la escalera principal, aún no existe demasiada información para evaluarlo en forma más fundamentada, pero se lee ya una volumetría algo pesada y esquemática y la intención de exhibir el intercambio social y cultural de los estudiantes hacia el exterior por medio de abruptas aperturas de la fachada que exhiben los espacios públicos y de circulación más importantes del edificio. Se le hace además, a través de la disposición horizontal del revestimiento de la fachada, una suerte de guiño formal, aunque en esteroides, al edificio original de la New School diseñado por Joseph Urban en 1931, posiblemente todavía el mejor de los edificios que la New School tiene desperdigados por todo el Greenwich Village.
