El Highland Park es sin duda, el espacio público más innovador y destacado, creado en la ciudad de New York después de 9/11. El arquitecto Matías López nos cuenta su historia desde su apartamento, ubicado al frente de este gran proyecto.
Txt: Matías López, desde NY
Cuenta la leyenda que lo primero en ser diseñado para el Highline Park fue un logo. Luego un sitio web. Después se formó una agrupación de entusiastas simpatizantes, luego un movimiento consolidado capaz de torcerle la mano a las mezquindades del mercado y del poder político, luego se convocó a un concurso de ideas y así. Para cuando apareció en la secuencia de acontecimientos la necesidad de acudir al diseño arquitectónico propiamente tal, el Highline estaba ya conceptualmente diseñado, porque el verdadero diseño de este parque, el verdadero espacio público, se construyó mucho antes y es posiblemente un diseño más social y cultural, que pone a las disciplinas creativas, arquitectura, paisajismo, diseño, iluminación, como parte de una cadena integradora capaz de redefinir incluso conceptos como el de la autoría de los proyectos. Toda esta condición casi heroica, el rescate de una vieja estructura ferroviaria abandonada gracias a una forma avanzada de gestión urbana, le ha valido al proyecto la empatía de los medios y el público y el consenso general de que es uno de los espacios públicos más valiosos y novedosos que aparecieron en el domesticado paisaje newyorkino post 9/11.
Y las alabanzas no son sin motivo. El Highline Park establece una forma inédita de relación con la ciudad, que se basa en la tensión entre el suelo y el aire, entre lo cercano y lo lejano y que por momentos parece desafiar incluso a la fuerza de gravedad. En términos arquitectónicos, su principal atractivo es la forma en que establece una relación completamente nueva con la ciudad, lo que posiblemente se deba a la altura específica en que el parque se encuentra con respecto a la calle. Gracias a esto, por una parte está lo suficientemente elevado como para contar con vistas que nos revelan un nuevo tipo de skyline, más involucrado y menos espectacular. Por otra parte, el parque se encuentra todavía lo suficientemente cerca de la calle como para que quienes caminan por él, puedan aún sentirse conectados con la vida urbana existente abajo. En síntesis, el parque funde dos escalas, la lejana y la cercana, la local y la general y por sobre todo, la íntima y la pública, generando un nuevo sistema de relaciones. Recorrer el Highline Park implica de alguna manera una experiencia lúdica; como una casa en el árbol colectiva, es posiblemente lo más cercano a volar por la ciudad, experimentando una sensación de ingravidez que lo pasea a uno por donde las lógicas de la ciudad no lo permiten.
Todas estas celebradas virtudes y condiciones fueron haciendo que la expectación y ansiedad del público en torno a la tan esperada apertura del segundo tramo del parque fuera creciendo paulatinamente cual burbuja inmobiliaria. Finalmente, y tras una fuerte campaña mediática, su apertura ocurrió el pasado 9 de junio haciendo que ahora, en su totalidad, el Highline Park sobrevuele Manhattan desde la calle 13 a la 30, por el extremo oeste de la isla y transformándose en la nueva espina dorsal de Chelsea. Y tal como también ocurrió con el primer tramo, evaluar la calidad del diseño arquitectónico y los correspondientes códigos estéticos utilizados en el proyecto, (diseñado en conjunto por Diller, Scofidio + Renfro, field operations y l’observatoire internationelle) se vuelve casi irrelevante. Se da por sentado que el nivel de sofisticación y depuración del diseño será de primerísimo nivel, y de hecho así lo es, y se produce un dilema casi nihilista en el que finalmente la estructura en sí misma y la historia de su gestión son tan preponderantes, que las características plásticas del proyecto quedan relegadas a un plano casi secundario.
En este segundo segmento, producto de las condiciones propias de la estructura original, el parque se enangosta y se vuelve enfatizadamente rectilíneo, haciendo que se intensifique y se haga aún más patente la sensación de encajonamiento y de estar atravesando las manzanas a través de una especie de cañón urbano que nos pasea por el lado B de las zonas más chic del elaborado Chelsea, una secuencia de lofts, galerías de arte, patios traseros, lavaderos, escaleras de emergencia, lotes de estacionamiento, zonas de carga, etc., que nos inmiscuye en la mismísima intimidad de los residentes aledaños (lo que ha generado una serie de bulladas quejas de parte de éstos en los medios de comunicación). Como telón de fondo, descansa el skyline de midtown y si en el primer tramo era el Empire State el hito visual protagónico del paseo, son en este nuevo segmento el Chrysler Building y las torres del Time Warner Center los focos de atención de las miradas y fotografías de los smartphones. El nuevo tramo nos regala además otras vistas dignas de ser enmarcadas (de hecho una de ellas lo está, gracias a un portal metálico que la encuadra) como la que se produce hacia la calle 23.
Sin embargo, son estas mismas características físicas preexistentes las que hacen que de alguna manera este segundo tramo no alcance la potencia y el dinamismo que caracteriza al segmento original.
Si bien se insiste, casi como si fuera una franquicia, en todos y cada uno de los códigos e ingredientes formales presentes en la etapa anterior, por momentos esta segunda etapa se vuelve monótona e incluso algo forzada. Es como si la escala y la proporción de la estructura, en especial su ancho, hicieran poco natural la existencia de un espacio público más rico y complejo. Pese a los distintos y notorios esfuerzos por generar remansos y zonas donde permanecer, como aquellos atractivos palcos en voladizo con piso de grate metálico y elegantes bancas de madera y acero, lo cierto es que a ratos este segundo tramo del parque es afectado por una cierta monotonía por la que los hacinados visitantes avanzan en forma mecánica como en una peregrinación sorda por un mall sin tiendas. Por otro lado, siendo justos, qué se podía hacer. Como ya se ha dicho, el diseño del parque ha estado siempre condicionado por las características de la estructura preexistente y por lo tanto no se puede culpar al proyecto por la mezquindad de sus proporciones o la monotonía del trazado. El balance general sigue siendo por supuesto atractivo, pero aún así, queda el sabor de que se le estuviera pidiendo a la estructura ser algo que no puede ser.
Dicen que las segundas partes nunca son buenas, teoría que desde luego queda desacreditada cuando se revisan tantas películas que han insistido en algo ya presentado con anterioridad. For a Few Dollars More, From Russia with Love, El padrino II, Rocky II y tantas otras segundas partes demuestran que lo que fue bueno una vez puede serlo una segunda y a veces, incluso, superar al precedente, espondiendo con creces a toda la expectativa generada. Pero también es cierto que siempre estas segundas partes se alimentan del valor y calidad del exponente inicial. El segundo tramo del Highline Park perpetúa y continúa la exitosa saga iniciada 3 años atrás, por momentos con más éxito que en otros. Habrá que esperar la evolución del parque en el tiempo como una totalidad para ver si logra despojarse del aura de novedad y atracción que lo envuelve por estos días para transformarse en un espacio público más real, en donde se den dinámicas colectivas más genuinas y complejas, o tal vez sólo simples, como sentarse serenamente a contemplar la lejanía, cosa que por estos días resulta prácticamente imposible.
