Antes de que fuera inaugurada la primera etapa del centro cultural Gabriela Mistral nos reunimos con Cristián Fernández, arquitecto, que en equipo con Sebastián Barahona y Christian Yutronic, dieron forma, luego de ganar un concurso público de alta convocatoria, al emblemático proyecto bicentenario. Lo que se planteó en sus inicios como una entrevista, terminó por convertirse en una amena conversación en torno a los desafíos proyectuales de situarse en un lugar y sobre un edificio de múltiples significados históricos.
Txt Paula Aguirre – Walter Junge, Fotos Cristián Fernández Cox y Asociados – Pedro Mutis.
Qué rescatar como parte de la memoria colectiva y dónde innovar para otorgarle una nueva infraestructura a la ciudad, son algunas de las temáticas abordadas en la conversación y que reproducimos a continuación.
UNA HISTORIA CON MULTIPLES SIGNIFICADOS
La historia del nuevo GAM, sigla bajo la cual se incorpora el centro a la escena cultural de Santiago, tiene su origen en 1972 año en que se proyectó el edificio para albergar la tercera Conferencia Mundial de Comercio y Desarrollo de las Naciones Unidas, UNCTAD. El equipo de arquitectos liderado por Juan Echeñique y Miguel Lawner debió proyectar contra el tiempo un edificio cuya ejecución se concentró en solo 275 días. Luego de realizada la conferencia se reasignaron las funciones del edificio pasando a manos del Ministerio de Educación para transformarse en el Centro Cultural Metropolitano Gabriela Mistral. El nuevo programa del edificio tuvo corta vida, interrumpiéndose sus funciones en 1973 por el golpe de estado. El Centro cultural Gabriela Mistral debió esperar por más de 35 años para retomar hoy en 2010 la que fue su vocación original, teniendo que, en el intertanto, ser sede de gobierno y sede del poder legislativo durante lo que muchos califican como “los años más duros de la dictadura”.
Con el paso a la democracia en 1990 el edificio pasó bajo el nombre de Diego Portales, heredado del gobierno militar, a constituirse como centro de convenciones públicas y privadas. El lugar volvía a redefinirse siendo este el quinto programa que el edificio acogía en menos de diez años. A pesar de este nuevo uso, tanto la estructura física como la imagen social del edificio presentaban un evidente grado de deterioro. El 5 de marzo de 2006 el Diego Portales estalló en llamas que consumieron casi un 40% del inmueble. A pesar de la pérdida económica, el incidente otorgó la oportunidad real y tangible de volver a pensar un pedazo gigantesco de ciudad inserto en el corazón de Santiago.
Parte del trabajo del equipo de arquitectos del nuevo Centro Cultural se concentró precisamente en esta reconstrucción histórica, entendiendo que se proyectaba sobre un territorio de múltiples significados. Fueron claves las reuniones con algunos de los arquitectos originales del edificio. A través de ellos se enteraron de la rapidez con que se pensó el proyecto. “Se sabe que lo primero en construirse fue la estructura de pilares de hormigón y acero y la estereométrica del techo” nos afirma Fernández. La cáscara del edificio se definió mucho antes que el proyecto interior, que fue adquiriendo forma a medida que las obras avanzaban. El mismo Fernández nos cuenta que para los tijerales, en pleno gobierno de la unidad popular, Allende cerró la Alameda y constituyó una mesa gigantesca de trabajadores y sus familias para dar la bienvenida a lo que él mismo catalogó como el edificio símbolo del “hombre nuevo”.
La propuesta para el nuevo GAM, inaugurado el 4 de septiembre, tiene para Fernández una relevancia distinta aunque no menor a la de su primera apertura en 1972. Es probable que el impacto del edificio hace 38 años estuviera en gran medida dado por la escala del equipamiento en una ciudad poco acostumbrada a proyectos de esa envergadura. En la actualidad, habituados a obras monumentales como las autopistas o los mall que desde los noventa proliferan en Santiago, o los altos rascacielos actualmente en construcción, las dimensiones del edificio no son por sí solo un motivo de asombro. Sin embargo, es el carácter de “edificio público y cultural” lo que el arquitecto piensa, generará el mayor impacto urbano. El programa del GAM dedicado a las artes escénicas viene a llenar un vacío por décadas presente en Santiago construyendo un edifico de última generación en este ámbito. Desde este punto de vista los autores creen que el mayor impacto va a ser de carácter social, más que arquitectónico o ingenieril como lo fue en su momento.
Entre los programas del GAM se cuenta con una sala de ópera que es en realidad el estándar máximo para una sala capaz de acoger toda clase de espectáculos, desde los más simples hasta la complejidad y requerimientos propios de la ópera. “Casi resulta vergonzoso pensar que la última sala de grandes dimensiones construida en Santiago fue el Teatro Municipal en 1856 cuando nuestra ciudad tenía solo 200 mil habitantes” afirma Fernández. Al verlo de esta manera, la necesidad queda en evidencia. Sin embargo el programa total del edificio, además de la ópera es el resultado de un trabajo de catastro y evaluación muy acucioso efectuado por el Consejo Nacional de la Cultura. El Consejo llegó a definir tanto la sala como el resto de las necesidades sociales y artísticas que el lugar debía suplir en un proceso incluso anterior a que se definiera el lugar de proyecto.
TRES REQUERIMIENTOS DE ARQUITECTURA PARA UN PROYECTO COMPLEJO
En la inauguración del centro contamos con la primera etapa del edifico, dos de tres volúmenes y dos plazas construidas en el interfaz de los volúmenes llenos, todo bajo una gigantesca cubierta similar a la característica y memorable estereométrica del edifico antiguo.
Al destaparse las panderetas que hoy rodean la construcción podremos por fin ver la propuesta de Fernández, Barahona y Yutronic, que en palabras de sus autores, intenta materializar tres problemas de arquitectura autoimpuestos por el equipo, la solución del entorno urbano, la conservación del espíritu original del edificio y la identidad de un edificio abierto al público. Cada uno de estos autoencargos se traducen en operaciones arquitectónicas concretas.
La solución del entorno urbano considera bajar el acceso del edificio hasta nivelarlo con la acera y dejar plazas abiertas entre los volúmenes asequibles desde ambas caras del edificio. Como muchos pueden recordar, el antiguo edificio levantaba su nivel de planta baja varios metros sobre el nivel de la calle, constituyendo en la fachada próxima una gigantesca escalera de acceso. Según Fernández:
“Este desfase de niveles no sólo separaba el interior de edificio de la calle en términos de fluidez peatonal, sino que producía en la sensación de ascenso un grado de intimidación en los visitantes. Por este motivo, el edificio actual está pensado en nivel calle para ser recorrido con total fluidez desde la Alameda y por medio de las plazas hasta el barrio Lastarria con agitada vida cultural. La liberación de las plazas entre los volúmenes permite introducir la calle al interior del proyecto y además dar un nuevo significado al acto de acceder al edificio”.
El segundo autoencargo, de mantener lo que sus arquitectos denominaron como el “espíritu del edificio”, algo así como el “gennius loggi”, fue lo que ellos creen un factor de relevancia a la hora de escoger su propuesta como ganadora. “El edificio ha tenido desde siempre, por dimensiones, programa y ubicación, un papel protagónico. Está inserto en la memoria de los habitantes. Para bien o para mal constituye un objeto formalmente reconocible”. El argumento del arquitecto fue clave, ya que al incendiarse casi la mitad del edificio, la propuesta podía en partes hacer tabola rasa y construir una imagen de edificio totalmente nueva, sin embargo el peso histórico y de significado hizo que se optara por conservar varios de los rasgos más reconocibles del edifico antiguo como su monumentalidad y su cubierta, aunque adaptados a un lenguaje nuevo. “La idea era alivianar este edificio, que, por dimensiones, tendía a constituirse como un elefante blanco, por lo que descompusimos su volumen edificado en tres bajo la cubierta y la imagen del edificio antiguo. El edificio dialoga permanentemente con su pasado.”
El tercer aspecto que el edifico quiso incorporar como requerimiento fue esta condición de “ser edificio público”. Para sus autores, la vocación de público implica mucho más que el solo estar abierto al público, sino que debe contar con una arquitectura que transmita a la ciudadanía esta condición e invite a ser mirado, recorrido y habitado. Por este motivo, además de las plazas abiertas integradas a la calle, se diseñó para los volúmenes construidos una envolvente de acero corten, capaz de mostrar u ocultar los programas interiores del edificio. Los programas del centro se dividieron en dos rasgos principales, los que se podían mostrar al exterior, que como cuenta Fernández “había que considerar que el edificio era un lugar de artes escénicas y que lo que ocurría en su interior es atractivo de ver, no sólo para quien ingresa al edificio” y aquellos programas más herméticos que necesitaban interioridad, como por ejemplo, espacios de montaje, trastiendas etc. A los distintos espacios se les envolvió según su grado de intimidad con unas mismas placas de acero corten perforado, pero con distintos grados de perforación dependiendo de cuánto se podía o quería exteriorizar. Como material el acero presentaba una ventaja en su mantención, al generar su estado de oxidación natural, un color cobrizo que permite dejarlo en ese estado permanentemente. La envolvente proyectada da liviandad a un edifico de escala monumental y rememora el edificio antiguo construido originalmente en el mismo material.
