Premiado con el primer lugar en la categoría de Hoteles no urbanos en Chile por el National Geographic, este lodge desértico desarrollado por el arquitecto Francisco Guerrero, es un ensamble perfecto con paisajes milenarios, que impresionan a visitantes de todo el mundo.
Txt: Walter Junge
A primera vista lo que caracteriza la arquitectura inspirada de este magnífico y remoto Hotel ubicado cerca de Quitor e inserto en el valle más atractivo e imponente de la comuna de San Pedro, es su escala, el desarrollo de sus espacios y el respeto por cada detalle del entorno donde se emplaza.
Cerros rugosos y milenarios como tallados por la mano de un tiempo eterno, de colores tierra que reflejan las espléndidas variaciones de la luz transparente del norte de Chile, abrazan estas instalaciones, que sin alterar el paisaje, aparecen como formas complementarias a la naturaleza del lugar.
Si pudiésemos hablar de una categoría de Hoteles de lujo étnico-ecológicos, Alto Atacama sería el modelo a seguir. Desde el momento en que ingresa al Hotel, el pasajero se siente transportado a otra dimensión, gracias a la calma, la buena atención, el silencio, la atmósfera relajada y la música suave que reciben al visitante y que apenas roza los sentidos. Esto nos transporta a un ambiente que fusiona a la perfección las características del lugar, con los mejores elementos de la Hotelería internacional. No hay televisores en los dormitorios, ni espacios de entretención mundanos, es un Hotel que literalmente invita a relajarse para entrar en un espacio de descanso que anhelamos en nuestra agitada vida cotidiana.
La arquitectura del lugar determina, ya que los cerros que bordean al Hotel no son de gran altura, pero son de una belleza muy especial. Esta lectura la traduce positivamente el arquitecto Francisco Guerrero, que aplica un concepto de pueblo solitario y desarrolla una edificación de un piso, inteligente, con terrazas tipo incaicas, que en forma de semiespiral recorre los espacios que la rodean, conectando al visitante con las montañas desde diversos ángulos y vistas.
Desde el exterior los módulos que conforman esta estructura, que contiene áreas de recepción, restaurante, bar, salas de estar, dormitorios e instalaciones, no intervienen el paisaje, lográndose un efecto único entre el exterior y al interior de los espacios, los que respetan una altura con prestancia y elegancia, reforzados por columnas y ventanas alargadas, pasillos exteriores con formas y elementos de la zona, que conectan el conjunto de habitaciones de características casi monásticas orientadas hacia un jardín interior diseñado por la paisajista Verónica Poblete.
El cuidado en el diseño del paisajismo del Hotel es extraordinario. Las especies, arbustos y árboles de la región fueron cuidadosamente elegidas por esta paisajista, quien se trasladó a la zona para conocer el comportamiento de la flora local antes de aplicarla a sus diseños. La gama de colores y formas, la combinación de texturas de la región, los diferentes tipos de piedras, dan a todo el conjunto un carácter único, que va conectando temáticamente los diferentes espacios del Hotel, especialmente el paisajismo que rodea el conjunto de piscinas y el SPA. Seis piscinas de diferentes temperaturas y tamaños más un jacuzzi exterior, rodeadas de jardines, áreas de descanso y un deck de madera continuo, conforman uno de los lugares más destacados del Hotel, lugar diseñado por la arquitecta Ignacia Salas. Al centro se encuentra un espacio de encuentro para los pasajeros con un fogón central, un restaurante y un bar, donde se celebra el fuego, elemento de reunión central en el desierto. Toda la plataforma remata en un SPA, una edificación única que incluye espacios para saunas de calor y vapor, duchas, camarines y un área de camas para masajes y relajación de primer nivel.
La decoración del Hotel estuvo a cargo de Enrique Concha quien, con su estilo definido y elegancia urbana, logra una mezcla acertada con elementos característicos de la zona y colores tierra y tonalidades oscuras que compensan la fuerte luz del entorno en los espacios interiores. Notables son las aplicaciones de la artesanía y el arte local en los muros, cojines, alfombras y elementos decorativos, como también las lámparas diseñadas por Soledad Garafulic con maderas locales.
La iluminación del Hotel diseñada por Paulina Sir es novedosa, acertada y no invasiva, especialmente en los patios, donde se delimitan los espacios con luces tenues que dejan ver los cielos nocturnos más claros del planeta. La iluminación ha sido planteada de un modo casi lúdico, ofreciendo diversas ambientaciones en las habitaciones según el gusto del usuario, y que en todos los casos incita a la tranquilidad y el cuidado.
El Hotel es un lugar que acoge al pasajero con un completo programa de visitas a los lugares más espectaculares de la tierra, de tal manera que después de largos viajes a diferentes destinos, el pasajero se instala como en casa. El gran mérito del Hotel Alto Atacama es estar inserto en un valle milenario, sin tocarlo. Proyecto, nos aclara Francisco Guerrero, que tomó bastantes años para ser aprobado tanto por la comunidad indígena como por la Municipalidad local, la que exigió demostrar en cada paso de su implementación que se trataba de un proyecto que no alteraría el entorno, pasando por todos los estudios de impacto ambiental requeridos por la autoridad.
Finalmente, el encanto altiplánico quedó verdaderamente plasmado en los muros y espacios de este magnífico Hotel, reflejo de un sueño y una sensibilidad que atrapa.
